Darwinismo Económico (V) – antes del Evolucionismo

350px-god2-sistine_chapel.png“[…] -Enséñele a su hijo las falacias de la evolución antes de que se los enseñen en la escuela. […]

– Como los dinosaurios se utilizan comúnmente, aún en preescolar, para introducir a los niños a la evolución, recuérdeles que los dinosaurios terrestres fueron hechos el 6º día de la Creación (y otras criaturas dinosaurescas como el Pleisosaurio, en el 5º Día). Infórmeles de las evidencias sobre los dinosaurios que vivieron con las personas, sobre los tallados en piedra encontrados, y de las leyendas de los dragones. […]

– Llévelos a lugares donde puedan encontrar fósiles y explique como los fósiles usualmente son formados al ser sepultados rápidamente en sedimento. Explíqueles cómo el Diluvio en Génesis proveyó las condiciones perfectas para la formación de millones de fósiles alrededor de toda la Tierra. […]”

Sus hijos y la evolución‘ (por Geoff Chapman) en Investigaciones Creacionistas (2007)

Antes de la publicación del libro de Charles Darwin “El Origen de las Especies” en 1859, los naturalistas se debatían entre dos posiciones teóricas  irreconciliables.

200px-georges_cuvier.jpegLa mayor parte de la comunidad científica europea, entre la que se educó Darwin, había aceptado el fijismo catastrofista de George Cuvier (1769-1832), en parte por el rigor y gran volumen de trabajo llevado a cabo en el análisis de anatomía comparada de las diferentes especies de su tiempo y de las pertenecientes al registro fósil; en parte por su ambición y habilidad política para superar los horrores de la Revolución para ganarse el afecto de Napoleón primero, y de la corona después; y en parte por no haberse pronunciado claramente nunca sobre el origen último de la creación.

paris_basin_cuvier.jpegTras el estudio geológico de los diferentes estratos que culminó con la descripción de “la columna geológica”, concibió las eras geológicas como una sucesión de catástrofes (o revoluciones) consecutivas, entre las que se producía la extinción sucesiva de las especies existentes, siendo sustituidas por otras nuevas. Estas nuevas especies procederían bien de otras regiones del planeta que se habrían salvado de la catástrofe, o bien de un nuevo proceso de creación que generaría especies mejor adaptadas a las condiciones de cada una de las eras geológicas de la Tierra.

De este modo Cuvier explicaba los saltos evolutivos que observaba en el registro fósil, que no parecían permitir la inferencia de una continuidad de las formas orgánicas.

Basándose además en sus estudios de anatomía comparada, Cuvier mantenía la visión aristotélica de la invariabilidad de las especies, argumentando que la evolución gradual de un ser vivo era imposible de concebir, ya que existía una interrelación fisiológica de todos los elementos de la anatomía de un ser vivo, que obligaría a la evolución gradual y conjunta de todos ellos.

En 1826 Cuvier fue condecorado como Gran Oficial de la Legión de Honor por Carlos X; y en 1831, (tras las revolución de 1830), el nuevo rey  Luis Felipe lo ascendió al rango de Par de Francia. Murió apaciblemente en su casa de París en 1832.

200px-jean-baptiste_lamarck2.jpegEn el otro lado, Jean-Baptiste Lamarck (1744-1829) defendió una teoría evolucionista que explicaba el origen de la vida a partir de la materia por generación espontánea, y un posterior desarrollo gradual basado en dos principios básicos: la tendencia intrínsica de la naturaleza hacia una mayor complejidad, y la necesidad de los organismos para adaptarse a su entorno promoviendo el desarrollo de unos miembros frente a otros mediante su mayor utilización, y que produciría cambios que se transmitirían dentro de una especie de forma hereditaria.

El razonamiento de Lamarck se basaba en que un cambio en el entorno modificaría las necesidades de los organismos que lo habitan, lo que a su vez produciría cambios en su comportamiento. Una modificación de los hábitos conduciría a una mayor o menor utilización de un órgano o estructura anatómica; y con el uso se produciría un aumento de dicho órgano durante las siguientes generaciones, mientras que su falta de uso lo reduciría o haría desaparecer.

A este principio lo denominó la Primera Ley en su libro “Philosophie zoologique”. Su segunda ley afirmaba que tales cambios eran hereditarios. El resultado de estas leyes era el supuesto de que los organismos cambian de forma gradual y continua al mismo tiempo que se adaptan a las nuevas necesidades creadas por los cambios de su entorno.

La teoría lamarckista ha sido superada a mediados del siglo XX por la genética, pero durante mucho tiempo sirvió de alternativa científica a todos aquellos procesos que no pudieron ser explicados de otro modo. Incluso Darwin llegó a asumirla parcialmente para poder responder a algunas observaciones, que no pudo explicar con la selección natural.

Aunque Lamarck parece haber negado al final de sus días una posible explicación teológica de su teoría,  ésta se adaptaba bien a la concepción de un diseño inteligente de la naturaleza por una mano Creadora, el cuál permitiría la evolución de las especies mediante una energía vital para adaptarse progresivamente a los cambios de su entorno.

Los últimos años de la vida de Lamarck transcurrieron en la pobreza. Cuatro veces viudo, hacia 1819 quedó casi ciego por el uso repetido de la lupa de observación. Fueron los años en que Cuvier, entonces en la cumbre de su gloria, increpaba a Lamarck diciéndole que la mejor prueba de que la función no creaba el órgano la tenía en su propio proceso de ceguera.

Republicano convencido y promotor de la conversión de el Jardin des Plantes  en el Museo de Historia Natural , (en el que trabajaron grandes científicos como Cuvier o él mismo), la Restauración será para él fuente de rechazo y de dificultades financieras. Muere el 18 de diciembre de 1829 a la edad de 85 años. Tras residir en un nicho alquilado durante cinco años, sus restos fueron arrojados a la fosa común del Cementerio de Montparnasse.

Ambas corrientes, se fueron actualizando con los sucesivos descubrimientos que fueron realizando notables naturalistas de la época, y ambas sustentaron diversas adaptaciones del creacionismo, mediante las cuales se trataban de hacer compatibles los nuevos descubrimientos naturales con la explicación religiosa del origen del mundo y del hombre.

Así, en el caso del catastrofismo de Cuvier, algunos geólogos como el escocés Hugh Miller, sugirieron que existiría una correspondencia entre los días de la creación del Génesis y las eras geológicas, supuesto que asumieron y difundieron los profesores de Geología de la Universidad de Yale James Dwight Dana y Benjamin Silliman. Tras estas teorías creacionistas, ya fuesen catastrofistas o lamarckistas, se asumía que Dios está detrás de todo proceso natural como causa última. La falta de una explicación mejor, y el fuerte caracter religioso imperante de la sociedad victoriana, hizo que el creacionismo fuese ampliamente aceptado por la comunidad científica de principios del siglo XIX. Aún hoy día sigue siendo defendida por un importante movimiento de científicos y teólogos norteamericanos.

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